El viento golpeaba las ventanas de los cafés y las hojas caían sobre los bulevares. En una mañana con viento y lluvia, bajo el cielo gris de París, el excongresista colombiano Rodrigo Arturo Rojas y su esposa, Ángela Moncada, compartieron con migo un desayuno cerca de la Ópera Garnier. Lo que comenzó como el encuentro previo a una entrevista periodística terminó convirtiéndose en una conversación sobre la memoria, la política y el amor.
París amaneció aquel viernes 23 de octubre bajo un cielo ceniciento, con un viento que descendía por los grandes bulevares y hacía estremecer los árboles, desprendiendo las últimas hojas de un otoño que parecía resistirse a abandonar la ciudad. Eran las nueve de la mañana, pero la luz apenas lograba abrirse paso entre las nubes, y sobre los edificios de piedra clara flotaba una penumbra que prolongaba la noche más allá de sus dominios naturales. Una tempestad avanzaba por el noreste de Francia, cerca de Châlons-en-Champagne, y sus ráfagas habían alcanzado París con una fuerza que obligaba a los transeúntes a sujetarse los abrigos y acelerar el paso.
En las esquinas, las hojas secas giraban formando pequeños remolinos, mientras detrás de las ventanas de los cafés comenzaba a desarrollarse el ritual cotidiano de las primeras conversaciones, los periódicos abiertos sobre las mesas y las tazas humeantes. Aquella mañana, sin que entonces pudiera sospecharlo, terminaría recordándome que los encuentros más significativos suelen ocurrir lejos de cualquier solemnidad, en medio de circunstancias aparentemente triviales, cuando la vida se permite revelar algo de su naturaleza más íntima.
Habíamos convenido encontrarnos cerca de la Ópera Garnier, en un café del bulevar de los Capuchinos cuya decoración conservaba una atmósfera de otros tiempos. Las cortinas rojas, los espejos, la distribución de las mesas y cierta elegancia discreta evocaban aquel París que había servido de escenario a las tertulias literarias, a los debates políticos y a las largas conversaciones de quienes encontraron en sus cafés una prolongación de sus propias casas.
Allí llegaron Rodrigo Arturo Rojas y su esposa, Ángela Moncada, procedentes de Madrid, donde él adelantaba estudios relacionados con la gobernabilidad. Habían viajado a la capital francesa para acompañarme en la presentación de mi libro Un grito en París y participar en una entrevista que realizaríamos esa misma mañana. Los recibí mientras el viento continuaba golpeando las ventanas y el establecimiento se llenaba lentamente de clientes que buscaban refugio del frío. Nos saludamos con la familiaridad que permiten los años y las experiencias compartidas, y nos instalamos alrededor de una mesa donde pronto aparecieron el café, la baguette, los croissants y la mantequilla, en medio de ese aroma a pan recién servido que constituye una de las formas más sencillas y persistentes de la felicidad cotidiana.
La conversación comenzó sin orden ni programa, como suelen comenzar los diálogos que nacen del afecto y no de las obligaciones profesionales. Hablamos de Francia, de Colombia, de los viajes, de los años que habían transcurrido desde nuestros encuentros anteriores y de las transformaciones que cada uno había experimentado durante ese tiempo.
No tardamos en regresar a Boyacá, ese territorio de montañas y pueblos que parece adquirir una dimensión distinta cuando se contempla desde la distancia. Rodrigo evocaba nombres, lugares y episodios de la vida departamental, y mientras lo escuchaba comprendí que las geografías personales tienen una existencia independiente de los mapas: permanecen alojadas en la memoria, resurgen en las conversaciones y terminan acompañándonos incluso en aquellas ciudades donde creemos haber comenzado una existencia diferente.
Boyacá estaba presente entre nosotros con sus paisajes, sus preocupaciones y sus recuerdos, y resultaba singular descubrir cómo una mesa parisina podía convertirse, durante unos minutos, en una prolongación de las tierras colombianas.
Ángela participaba de aquella conversación con una serenidad que dejaba entrever la profundidad de la historia compartida con su esposo. Su formación y experiencia en el ámbito de las relaciones internacionales, su acompañamiento en los proyectos de Rodrigo y la complicidad con que ambos evocaban determinados acontecimientos me permitieron conocer una dimensión de su relación que difícilmente habría aparecido en una entrevista convencional.
Se habían conocido en el mundo de la política, aunque el comienzo de su historia sentimental parecía pertenecer a una realidad mucho más sencilla y entrañable. Rodrigo recordó, entre risas, que había pasado cerca de un año «tirándole los perros», según la expresión que él mismo utilizó, recuperando aquel lenguaje de juventud con el que todavía podía describir las incertidumbres y las pequeñas estrategias de un enamorado.
Ángela sonrió al escucharlo, y en aquella reacción hubo una naturalidad que parecía contener los años transcurridos desde entonces, las dificultades superadas y la confianza que nace cuando dos personas han compartido suficientes experiencias para reconocer sus alegrías y sus preocupaciones sin necesidad de explicaciones.
Fue durante aquel desayuno cuando apareció el nombre de María Clara, su hija, y advertí un cambio revelador en la expresión de Rodrigo. Cada vez que hablaba de ella, sus ojos adquirían un brillo particular y su sonrisa surgía con una espontaneidad que contrastaba con la gravedad que momentos antes acompañaba sus reflexiones políticas.
María Clara se encontraba lejos de París, pero su presencia comenzó a ocupar un espacio central en nuestra conversación, como si el afecto tuviera la facultad de abolir las distancias y reunir alrededor de una misma mesa a quienes permanecen separados por miles de kilómetros. Escuchándolo comprendí que buena parte de las decisiones, las preocupaciones y los proyectos de aquel matrimonio encontraba en su hija una referencia esencial, una razón para pensar en el futuro desde una perspectiva distinta. Los hijos terminan transformando nuestra relación con el tiempo, porque nos obligan a imaginar una existencia que habrá de prolongarse más allá de la nuestra y a preguntarnos qué mundo encontrarán cuando les corresponda recorrer, por sí mismos, los caminos que nosotros apenas alcanzamos a conocer.
El desayuno transcurrió entre recuerdos y anécdotas mientras afuera la tempestad continuaba sacudiendo los árboles del bulevar.
Había una extraña armonía entre aquella agitación de la naturaleza y la tranquilidad de nuestra mesa, protegida por los cristales y por el calor de las bebidas. Observé a Rodrigo y Ángela intercambiar miradas, completar las historias del otro y recuperar episodios de su juventud con una facilidad que solo concede la convivencia prolongada.
Me impresionó comprobar cómo, detrás de las responsabilidades públicas, las diferencias políticas y las exigencias de la vida profesional, persistía una historia familiar construida con los materiales más comunes y, al mismo tiempo, más importantes de la existencia: la paciencia, los desacuerdos, los proyectos compartidos, la capacidad de reírse de uno mismo y esa voluntad de continuar juntos incluso cuando las circunstancias dejan de ser favorables.
Habíamos venido a París para hablar, entre otras cosas, de política, pero aquella mañana la vida había decidido mostrar primero el rostro de una familia.
Cuando terminamos el desayuno, salimos a las calles todavía agitadas por el viento y emprendimos la caminata hacia los estudios de PodMax, situados a unos catorce minutos de aquel café.

Recorrimos las inmediaciones de la Ópera entre edificios de fachadas monumentales, balcones de hierro forjado y avenidas donde la arquitectura parecía conservar intacta la memoria de una ciudad construida a lo largo de muchos siglos. Las aceras estaban húmedas y el cielo continuaba cubierto, pero caminar por París permite descubrir una forma particular de convivencia entre el pasado y el presente: las piedras permanecen mientras cambian las generaciones, las ventanas siguen abiertas sobre calles que han visto desfilar revoluciones y guerras, y detrás de cada portal parece subsistir alguna historia que nunca llegará a escribirse.
Caminábamos conversando de Madrid, de Francia y de Colombia, y otra vez regresábamos a Boyacá, como si aquel departamento ejerciera sobre nosotros una fuerza silenciosa que impedía mantenerlo demasiado tiempo fuera de la conversación.
Al llegar al estudio nos encontramos con las cámaras, los micrófonos y las luces dispuestas para la grabación.
Nos acomodamos frente a frente y comenzamos una entrevista que se prolongó durante aproximadamente una hora, en la que abordamos su trayectoria como exdiputado, excongresista y dirigente del Partido Liberal, sus posiciones sobre la actualidad nacional, sus cuestionamientos a la administración departamental y las denuncias que ha formulado en torno a la contratación pública.
Hubo momentos en que Rodrigo recuperó la vehemencia de sus intervenciones políticas, especialmente cuando se refería a las dificultades de infraestructura, a los problemas de seguridad y a las condiciones sociales de los municipios boyacenses.
Aunque estábamos en París, su discurso parecía desplazarse continuamente hacia los escenarios donde había transcurrido buena parte de su vida pública.
La distancia geográfica no debilitaba sus preocupaciones; por el contrario, le permitía observarlas desde otro lugar, lejos de las urgencias inmediatas de la política regional.
Sin embargo, lo que terminó dando a nuestra conversación su dimensión más significativa fue la posibilidad de conocer al hombre que existe detrás de aquellas responsabilidades.
A medida que avanzábamos hacia los asuntos personales, aparecieron los recuerdos de su juventud, los comienzos de su relación con Ángela, las experiencias difíciles y los momentos que habían marcado su vida familiar.
María Clara volvió a ocupar el centro de la entrevista y, una vez más, observé aquella sonrisa que iluminaba su rostro cuando hablaba de ella. Ángela permanecía cerca, siguiendo la grabación con atención, y su presencia recordaba que detrás de muchas trayectorias públicas existen historias compartidas que rara vez encuentran espacio en las páginas de los periódicos.
Me interesó especialmente aquella transición entre el dirigente que defendía con firmeza sus posiciones políticas y el padre que hablaba de su hija con ternura, porque revelaba una complejidad que ninguna biografía oficial consigue recoger por completo.
Al terminar la grabación salimos nuevamente a las calles de París. El viento había perdido parte de su fuerza, aunque una lluvia intermitente seguía descendiendo sobre los edificios y las aceras, dejando ese brillo particular que adquiere la ciudad durante los días de otoño.
Como todavía disponíamos de algún tiempo antes de despedirnos, decidimos buscar otro café en el centro, entre la zona de Ópera y las calles que conducen hacia Châtelet. Encontramos un establecimiento donde pudimos sentarnos y prolongar la conversación sin cámaras ni micrófonos, mientras afuera continuaba el movimiento de una capital que se preparaba para nuevas movilizaciones sociales, protestas y posibles alteraciones de su rutina. Francia vivía sus propias tensiones y nosotros, sentados alrededor de otra mesa, nos encontrábamos todavía bajo la influencia de aquel viaje imaginario que nos había conducido desde los bulevares parisinos hasta los municipios de Boyacá.
Fue entonces cuando pensé en los numerosos colombianos que habían pasado por estas tierras durante distintas épocas de nuestra historia, atraídos por la cultura europea, por los estudios, por la política o por las circunstancias que los habían obligado a abandonar su país. Recordé a Jorge Eliécer Gaitán y su formación intelectual en Europa, una experiencia que perteneció a otro tiempo y a una historia política completamente distinta, pero que me llevó a reflexionar sobre los vínculos que han existido entre las ideas europeas y las inquietudes de nuestra vida republicana.
París ha sido durante generaciones un lugar de encuentro para escritores, artistas, estudiantes, diplomáticos y exiliados, una ciudad donde las trayectorias más diversas se cruzan durante algunas horas antes de continuar por caminos separados. Aquella mañana formábamos parte de esa multitud de historias discretas: tres colombianos compartiendo café y recuerdos, hablando de una tierra lejana mientras afuera la ciudad seguía atendiendo sus propios conflictos.
Rodrigo volvió a referirse al futuro de Boyacá, a la educación de los jóvenes, a las oportunidades que deberían encontrar quienes comienzan sus vidas y a la necesidad de pensar en las generaciones venideras. Lo escuché desde la distancia que impone el oficio periodístico, consciente de que las convicciones de un dirigente deben examinarse a la luz de sus propuestas, de sus actuaciones y del debate público; pero también reconociendo que, en aquella conversación, sus preocupaciones estaban atravesadas por una experiencia profundamente personal. María Clara aparecía de nuevo en sus palabras, y comprendí que para Rodrigo la reflexión sobre el porvenir tenía también el rostro concreto de su hija. Los grandes asuntos de la política suelen formularse mediante estadísticas, presupuestos y programas de gobierno, pero en la intimidad de una familia adquieren nombres propios, se convierten en preguntas sobre la educación, la seguridad, el bienestar y las posibilidades que encontrarán los hijos al llegar a la edad adulta.

Cuando finalmente llegó el momento de despedirnos, salimos del café y nos encontramos con una ciudad que comenzaba a recuperar cierta calma después de la agitación meteorológica de la mañana. Nos abrazamos, intercambiamos las últimas palabras y nos separamos entre el movimiento de los transeúntes. Rodrigo y Ángela continuaron su camino, mientras yo permanecí unos instantes observando las hojas acumuladas junto a las aceras y las fachadas oscurecidas por la lluvia.
Habíamos pasado varias horas hablando de política, de viajes, de historia y de familia, pero advertí que lo más persistente de aquella jornada no serían las declaraciones pronunciadas frente a las cámaras ni las controversias que habíamos abordado, sino ciertas imágenes pequeñas que permanecían en mi memoria con una claridad inesperada: las cortinas rojas del primer café, el pan tibio sobre la mesa, la risa de Rodrigo al recordar sus primeros intentos de conquistar a Ángela y la mirada de ella mientras escuchaba aquella historia tantas veces compartida.
Sobre todas esas imágenes permanecía María Clara, o más exactamente, la expresión de su padre al pronunciar su nombre.
Pensé que quizá los encuentros adquieren su verdadero sentido cuando termina la conversación y comenzamos a descubrir qué fragmentos han permanecido con nosotros. Aquella mañana me había permitido recorrer nuevamente, desde París, una parte de mi propia memoria colombiana, reencontrarme con una historia de vida que conocía solo parcialmente y comprender que detrás de las preocupaciones públicas existen afectos y experiencias que acompañan a las personas mucho después de que concluyen sus responsabilidades políticas. El periodismo nos enseña a buscar hechos, formular preguntas y examinar versiones; la vida, entretanto, continúa recordándonos que cada individuo posee una historia más amplia que aquella que puede contarse frente a un micrófono.
Seguí caminando por París mientras la tarde descendía sobre los tejados y las primeras luces comenzaban a encenderse detrás de las ventanas. El viento había dejado de ser una amenaza y se había convertido en una presencia discreta que movía las hojas acumuladas en las esquinas.
Pensé en Boyacá, tan lejos de aquellas avenidas y, sin embargo, tan presente durante toda la jornada. Pensé también en la manera como los seres humanos transportamos nuestros lugares de origen a través de la memoria, convirtiendo una conversación, una fotografía o una taza de café en una forma inesperada de regresar a ellos. Las ciudades que habitamos nos ofrecen calles y refugios; las que llevamos dentro continúan proporcionándonos una parte esencial de nuestra identidad.
Aquel viernes 23 de octubre, París nos había prestado sus cafés, sus avenidas y su otoño para sostener una conversación que comenzó con los recuerdos de tres colombianos y terminó alrededor de las preguntas que acompañan a toda generación: qué hemos hecho con el tiempo recibido, qué hemos aprendido de nuestros errores y qué posibilidades encontrarán aquellos que vienen detrás de nosotros.
Rodrigo había hablado de sus aspiraciones y de sus preocupaciones por Boyacá; Ángela había compartido con naturalidad la historia de su familia; y yo había tenido el privilegio periodístico y humano de escucharlos más allá de las formalidades de una entrevista.
Cuando la noche comenzó a insinuarse sobre París, comprendí que el recuerdo más duradero de aquella jornada tendría la sencillez de una escena familiar. Un hombre sentado frente a una taza de café, su esposa acompañándolo y el nombre de una hija que iluminaba la conversación desde la distancia. Afuera, el otoño continuaba su marcha y las hojas seguían desprendiéndose de los árboles, sometidas al viento y al destino inevitable de las estaciones. Dentro de nuestra memoria, sin embargo, permanecerían aquella mañana, aquellas voces y aquellos instantes en que el pasado y el porvenir parecieron reunirse alrededor de una misma mesa.
Boyacá continuaba al otro lado del Atlántico, con sus montañas, sus pueblos, sus dificultades y sus esperanzas. París seguía siendo esa ciudad antigua donde la historia convive con la incertidumbre de cada día. Y entre ambas geografías quedaba tendido un puente invisible, construido con recuerdos, afectos y palabras, que nos había permitido comprender, durante unas horas, que los lugares más importantes de nuestra existencia no siempre son aquellos donde nos encontramos, sino aquellos que regresan a nosotros cuando alguien pronuncia, con una sonrisa, el nombre de una persona amada.
