Una conversación con la escritora colombiana en la Biblioteca de Hamburgo se convirtió en un recorrido por la memoria europea, las calles de la ciudad y el destino de un libro que terminó llegando al Instituto Cervantes.
El café comenzaba a enfriarse cuando Rocío Morales-Broy habló de la guerra.
Estábamos en la Biblioteca de Hamburgo y afuera la ciudad seguía su rutina de trenes, bicicletas y peatones bajo ese cielo del norte que parece cambiar de humor varias veces durante una misma mañana. Sobre la mesa había dos cafés, algunos libros y una conversación que poco a poco nos alejaba de Alemania para llevarnos hacia una Europa desaparecida: la antigua Checoslovaquia, los Sudetes, la Segunda Guerra Mundial y una familia que un día tuvo que abandonar el lugar al que había llamado hogar.

Rocío es colombiana, aunque buena parte de su vida podría contarse siguiendo un mapa europeo. Vivió en España, pasó por Bruselas y finalmente se estableció en Hamburgo, donde su historia terminó entrelazándose con la de la familia de su esposo alemán.
De aquellos recuerdos familiares, de conversaciones conservadas durante décadas y de las heridas que sobreviven silenciosamente dentro de las casas nació La otra orilla del río Eger, una novela sobre Frieda y su madre Amelia, pertenecientes a una familia de origen alemán obligada a abandonar los Sudetes después de la Segunda Guerra Mundial.
Mientras Rocío hablaba, la biblioteca parecía transformarse. Bastaba escucharla para imaginar estaciones abarrotadas, maletas cerradas apresuradamente, caminos atravesados por personas que no sabían si algún día regresarían.
Las guerras suelen explicarse mediante mapas, tratados, generales y cifras, pero la literatura tiene otra obligación: entrar en las casas. Preguntarse qué ocurre cuando una mujer debe cerrar una puerta por última vez, qué objeto escoge un niño cuando solo puede llevar una maleta, qué queda de la palabra patria cuando la frontera cambia de lugar sin pedir permiso a quienes viven junto a ella.
Eso parece buscar Rocío en su novela. No reconstruir solamente un episodio de la historia europea, sino rescatar la intimidad de quienes quedaron atrapados dentro de ella. Frieda y Amelia no deciden el destino de los países; apenas intentan sobrevivir a él. Y en esa fragilidad está la fuerza del relato: detrás de cada desplazamiento existe una biografía, detrás de cada frontera modificada alguien pierde una ventana, una calle, un vecino, un cementerio, un paisaje que probablemente continuará apareciendo durante años en sus sueños.
Quizá una colombiana podía comprender de una manera particular aquella historia. Rocío conoce la experiencia de vivir entre culturas, de descubrir nuevas ciudades y aprender a mirar el mundo desde más de una orilla.
Su migración fue distinta a la de los personajes que reconstruye, pero existe un territorio íntimo que conecta a quienes han vivido lejos: la certeza de que el hogar deja de ser únicamente un lugar. Puede convertirse en un idioma, una comida, una fotografía o una historia repetida tantas veces dentro de una familia que termina perteneciendo también a quienes no la vivieron.
El río Eger adquiere entonces otra dimensión. Ya no es solamente una línea de agua en el mapa europeo. Es la frontera entre lo que se tuvo y lo que se perdió, entre la infancia y el desarraigo, entre una vida que termina y otra que debe comenzar sin haber sido escogida. Cruzar el río significa sobrevivir, pero también cargar con aquello que quedó en la otra orilla.
Terminamos el café y salimos de la biblioteca. Hamburgo nos recibió con el aire fresco del norte y comenzamos a caminar por sus calles. La ciudad aparecía por fragmentos: fachadas de ladrillo, bicicletas apoyadas contra los edificios, trenes que se escuchaban a la distancia, escaparates, semáforos y personas que se cruzaban con nosotros durante algunos segundos antes de desaparecer. Rocío llevaba consigo el libro y aquello transformaba extrañamente el paseo. Después de hablar durante tanto tiempo de desplazamientos, cada estación parecía una despedida y cada esquina podía convertirse en una frontera.

Hamburgo conoce bien la memoria de la guerra. Fue destruida y reconstruida, y quizás por eso caminar por ella mientras hablábamos de Frieda producía una sensación difícil de explicar.
Las ciudades parecen olvidar con mayor facilidad que las personas: reconstruyen edificios, abren restaurantes, plantan árboles, reciben turistas. Sin embargo, debajo de la ciudad visible permanece otra, hecha de quienes estuvieron antes, de las casas que desaparecieron y de las conversaciones que nadie alcanzó a terminar. La literatura entra precisamente allí, donde la arquitectura ya no puede reconstruir nada.
Seguimos caminando hasta que apareció el Chilehaus, ese enorme edificio de ladrillo cuya forma recuerda la proa de un barco. Allí funciona el Instituto Cervantes de Hamburgo.
La coincidencia parecía demasiado perfecta para no pensarla literariamente: habíamos pasado la mañana hablando de migraciones, ríos, fronteras y viajes, y nuestro recorrido terminaba frente a un edificio que parecía dispuesto a zarpar.

Entramos al Cervantes llevando una novela escrita en español por una colombiana sobre la memoria de una familia alemana procedente de los Sudetes. En pocas frases cabían varios países y casi un siglo de historia. Colombia, Alemania, la antigua Checoslovaquia y España se encontraban de alguna manera dentro de aquel ejemplar. Era también una demostración silenciosa de lo que puede hacer la literatura: borrar durante unas páginas las fronteras que la política se empeña en levantar.
Entonces llegó el momento de la donación. La otra orilla del río Eger quedaría en el Instituto Cervantes de Hamburgo. El gesto podía parecer sencillo —entregar un libro, recibirlo, incorporarlo a una biblioteca—, pero detrás de aquel ejemplar existía un viaje extraordinario. Una tragedia familiar nacida en la Europa de la posguerra había sobrevivido durante generaciones, había encontrado décadas después a una escritora colombiana, se había convertido en literatura en español y llegaba ahora a una institución dedicada precisamente a preservar y difundir esa lengua en Alemania.
Miré nuevamente el libro y pensé en Frieda. Pensé también en Rocío, en Colombia, en España, en Bruselas y en Hamburgo. Hay personas cuya biografía puede explicarse mediante fechas; otras necesitan un mapa. La de Rocío Morales-Broy pertenece a estas últimas. Europa terminó formando parte de su vida y, paradójicamente, fue allí donde encontró una historia que necesitaba de su mirada latinoamericana para regresar del silencio.
Horas antes habíamos estado frente a una taza de café hablando de una mujer que perdió su tierra después de una guerra. Ahora estábamos en el Instituto Cervantes viendo cómo aquella memoria encontraba una nueva casa entre libros escritos en español. El recorrido desde la biblioteca hasta allí había sido corto en kilómetros, pero inmenso en el tiempo: habíamos atravesado Hamburgo, los Sudetes, la Segunda Guerra Mundial, Colombia y varias décadas de recuerdos familiares.
Cuando salimos, Hamburgo continuaba exactamente igual. Los trenes seguían pasando, las bicicletas cruzaban las calles y alguien estaría ocupando probablemente nuestra mesa en el café de la biblioteca. Las ciudades poseen esa indiferencia maravillosa: continúan mientras nosotros intentamos comprenderlas.
Pensé entonces que quizás La otra orilla del río Eger habla justamente de eso. De continuar.
Frieda cruzó su río. Rocío cruzó el Atlántico. Su libro atravesó generaciones, países e idiomas hasta llegar aquella tarde al Instituto Cervantes de Hamburgo.
Y comprendí que algunos libros también son migrantes: abandonan la casa donde fueron escritos, atraviesan fronteras y buscan un lugar donde quedarse.
Aquel día, en Hamburgo, el libro de Rocío Morales-Broy encontró su otra orilla.










