Nos citamos una mañana de invierno en la casa donde Balzac escribió sus obsesiones, ese refugio parisino donde la ambición humana parece aún respirar en los muebles y en las paredes. Allí me esperaba María Mercedes Sánchez, con la serenidad de quien no necesita imponerse para ser escuchada. Su presencia tenía algo de recogimiento y algo de claridad, como si habitara simultáneamente el mundo y una memoria más profunda.

La luz entraba por los ventanales con una delicadeza casi ceremonial. Caminamos por las salas en silencio, como si cada objeto exigiera una forma particular de respeto. Fue en ese ambiente —entre manuscritos, retratos y el peso invisible de las historias no dichas— donde la artista comenzó a hablar de su obra.
Lo hizo sin grandilocuencia. Con la precisión íntima de quien nombra aquello que ama.
Me habló de sus tres piezas expuestas en París: La Virgen de la Arepa, Llámame y Amour Pur. Las describía no como obras, sino como presencias. Altares contemporáneos —dijo— donde lo cotidiano adquiere una densidad espiritual. Objetos domésticos, símbolos de pertenencia, fragmentos de fe popular: todos rescatados del desgaste del tiempo y devueltos a la mirada con una luz que no los embellece, sino que los revela.

En particular, habló de La Virgen de la Arepa como de un gesto de memoria. Inspirada en la pintura barroca francesa, pero despojada de solemnidad histórica, la obra levanta un altar con elementos que bordean la desaparición. Allí conviven lo popular, lo kitsch, lo devocional y lo íntimo. No como ironía, sino como supervivencia.
Escucharla era asistir a una forma de convicción tranquila. No defendía una teoría del arte; hablaba de una experiencia vital. De cómo lo doméstico puede contener lo sagrado. De cómo la fe puede manifestarse en aquello que la cultura oficial considera menor.

Salimos del museo y el día nos recibió con un sol inesperado. Caminamos hasta una terraza desde donde la ciudad parecía suspendida en una claridad casi irreal. Bajo la sombra de la torre que domina el horizonte parisino compartimos un café. No hubo solemnidad en el gesto, solo la naturalidad de dos personas que observan el mundo con atención.
La artista hablaba de su presencia en el gran salón de arte contemporáneo con una emoción sobria, casi contenida. No como conquista, sino como tránsito. Me impresionó su sencillez. Esa cualidad rara en el ámbito del arte internacional: una ausencia total de estridencia.
Mientras la escuchaba, comprendí que su obra no busca transformar los objetos en símbolos, sino revelar el símbolo que ya habita en ellos. Hay en su propuesta una forma de espiritualidad sin dogma, una devoción sin templo, una estética que no aspira a la trascendencia sino que la descubre donde siempre estuvo.

París, ese día, parecía confirmar su intuición. La ciudad entera era un altar de luz fría y silenciosa. Y en medio de esa claridad, María Mercedes Sánchez hablaba de su trabajo como quien protege una llama.
No era una artista que proclamara lo sagrado.
Era alguien que lo reconocía.









