París — Desde Perú y con la mirada puesta en Europa, la criminóloga y periodista española Thais Armengol analiza cómo el crimen organizado ha mutado hacia estructuras más difusas, tecnológicas y difíciles de rastrear. En diálogo con Paris City Paper, sostiene que la cooperación internacional y la dignificación de las fuerzas de seguridad son claves para enfrentar un fenómeno que ya no reconoce fronteras.
Thais Armengol es una criminóloga y periodista española especializada en el análisis del crimen organizado, la violencia estructural y la seguridad internacional. Su trabajo se centra en el estudio de redes criminales transnacionales, con especial atención a América Latina, donde combina herramientas de la criminología y el periodismo de investigación para interpretar las dinámicas contemporáneas del delito. Ha colaborado como analista en medios y espacios especializados, y ha participado en foros académicos sobre justicia, seguridad y derechos humanos, con un enfoque particular en la relación entre criminalidad, comunicación y amenazas a periodistas.
Daniel Mejìa Lozano: Hoy, desde el otro lado del Atlántico, ¿cómo se puede articular un análisis común si estas redes criminales operan de forma transnacional? En Francia —particularmente en el sur, en torno a Marsella— y en España, el narcotráfico y la trata son una preocupación creciente.
Thais Armegol: El punto de partida es asumir que ninguna policía puede trabajar de forma aislada. Hace falta una cooperación internacional real, no solo en acuerdos formales, sino en intercambio efectivo de información. Iniciativas de formación conjunta —como las que impulsan organismos especializados— son esenciales para que las fuerzas de seguridad se retroalimenten.
Y hay algo básico: incluso dentro de un mismo país, históricamente ha costado compartir información entre cuerpos policiales. Si eso ocurre a nivel nacional, imagine trasladarlo al plano internacional en pleno auge del crimen organizado.
DML. ¿Qué debería reforzarse para que esa cooperación dé resultados concretos en países como Perú, Colombia o México?
T.A.. Formación especializada en delincuencia transnacional y canales seguros de inteligencia compartida. No basta con tecnología: hay que capacitar a los agentes para entender dinámicas globales del delito. El crimen organizado se adapta rápido; las instituciones deben hacerlo más rápido aún.
DML: El narcotráfico sigue siendo central. ¿En qué se diferencian los actores actuales de los de los años noventa, asociados a figuras como Pablo Escobar?
T.A: Hoy hablamos de estructuras mucho más híbridas. Antes había liderazgos visibles; ahora predominan redes fragmentadas, difíciles de identificar. La figura del “capo” es menos reconocible.
Además, el crimen organizado ha incorporado plenamente las redes sociales: sirven para captar, vigilar, intimidar. He investigado en México el asesinato de influencers, y eso revela cómo estas organizaciones utilizan los nuevos canales para acercarse a jóvenes cada vez más pequeños —desde los 14 años— tanto en América Latina como en Europa.
DML: Plataformas y series han contribuido a popularizar estas narrativas. Producciones como Narcos o Griselda, muy difundidas en Europa, ¿alimentan una romantización peligrosa?
T.A: Sí, y es un punto incómodo pero necesario. Estas series tienen una gran calidad audiovisual y funcionan en términos de audiencia, pero construyen una narrativa que a menudo romantiza el poder, la violencia y la riqueza rápida.
El problema es lo que omiten: las víctimas, las familias, el impacto social. Esa ausencia contribuye a una percepción distorsionada, especialmente entre jóvenes vulnerables. No se trata de censura, sino de responsabilidad en cómo se representa el fenómeno.
DML:. En París se conmemora el Día Mundial de la Libertad de Prensa junto a organizaciones como Reporteros Sin Fronteras. Usted misma ha investigado amenazas contra periodistas. ¿Qué panorama observa?
T.A: Es preocupante. En países como México, pero también en otras regiones, los periodistas viven bajo amenaza constante. Mi investigación doctoral aborda precisamente los asesinatos de comunicadores.
Y esto conecta con la romantización: mientras se glorifica al criminal, se invisibiliza al periodista que investiga y paga un precio altísimo.

DML: Usted se encuentra en Perú. ¿Qué está ocurriendo allí, por ejemplo en ciudades como Trujillo?
T.A: Hay señales de alerta: amenazas a comunicadores, episodios de violencia, pérdida de confianza ciudadana en las fuerzas de seguridad. Parte del trabajo que intento hacer es acercar la policía a la ciudadanía, recuperar legitimidad. El riesgo es repetir dinámicas vistas en otros países de la región si no se actúa a tiempo.
DML: ¿Cómo combatir la corrupción dentro de las propias fuerzas policiales?
T.A: Hay una cuestión estructural que no se puede ignorar: las condiciones laborales. Policías con salarios extremadamente bajos, sin seguros de vida, trabajando en contextos de alto riesgo. Así es muy difícil exigir integridad absoluta.
La lucha contra la corrupción empieza por dignificar el trabajo policial. Lo mismo ocurre con los periodistas de investigación: precariedad y riesgo no pueden ser la norma.
DML: En síntesis, ¿qué hace hoy más complejo el estudio del crimen organizado?
T.A: Su capacidad de adaptación. Recluta más joven, opera con mayor anonimato y se infiltra en la economía legal a través del blanqueo de capitales. Ya no es un fenómeno visible y centralizado, sino distribuido y flexible.
Eso obliga a abordarlo desde múltiples frentes: seguridad, educación, comunicación y políticas públicas.

Al despedirse, Thais Armengol insiste en que la respuesta no puede ser fragmentaria: “El crimen organizado es global. La respuesta también debe serlo”.









