Por Miguel Cordano Rodríguez (CORDANO
Director de relaciones internacionales de Europa y America Latina de la ODM
La noticia ya no es una hipótesis ni un rumor amplificado por redes sociales: Nicolás Maduro ha sido capturado por fuerzas de Estados Unidos y extraído de Venezuela, junto con su esposa, en una operación ejecutada durante la madrugada en Caracas. El hecho marca un punto de quiebre histórico para América Latina y obliga a una lectura serena, estratégica y realista, especialmente desde el Perú.
No estamos ante un episodio improvisado. Se trata de una acción planificada, sustentada jurídicamente y ejecutada con precisión, cuyo trasfondo se remonta al año 2020, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó una acusación formal contra Nicolás Maduro y catorce altos funcionarios de su régimen por narcotráfico, conspiración para importar cocaína y narcoterrorismo, señalándolos como líderes de facto del denominado Cartel de los Soles, en coordinación con las FARC.
1. Una operación con sustento legal, no un acto de guerra
El elemento central que diferencia este hecho de una invasión clásica es su encuadre jurídico. Desde Washington, el mensaje ha sido claro: no se trata de una declaración de guerra contra Venezuela, sino de una operación de cumplimiento de la ley contra un individuo imputado por delitos federales graves, con orden judicial vigente.
Esta distinción no es retórica. En términos de derecho internacional, Estados Unidos sostiene que Maduro no era un jefe de Estado legítimo, sino el líder de una estructura criminal transnacional enquistada en el aparato estatal venezolano. Bajo esa premisa, la captura se ejecuta como una extracción policial internacional, no como una acción bélica entre Estados.
2. La ejecución: inteligencia, precisión y mensaje
La operación se desarrolló entre las 2:00 y las 4:00 a.m. hora de Caracas, con ataques quirúrgicos a puntos militares estratégicos en el eje Caracas–Miranda–La Guaira. El objetivo no fue el control territorial, sino neutralizar capacidades de respuesta y permitir la extracción segura del objetivo principal.
El despliegue de helicópteros, la presencia confirmada de fuerzas especiales en tierra y la rápida salida aérea del país indican una superioridad total de inteligencia. Estados Unidos sabía dónde estaba Maduro, cómo se movía y qué unidades podían reaccionar. El mensaje es inequívoco: ningún blindaje político ni militar es suficiente cuando un Estado se convierte en plataforma del crimen organizado.
3. El precedente histórico: Noriega vuelve a escena
Para entender la magnitud del momento, es inevitable recordar el caso de Manuel Noriega, capturado en 1989 tras ser acusado por narcotráfico. Noriega tampoco era, en la práctica, un presidente electo legítimo, sino el hombre fuerte de un régimen capturado por economías ilícitas.
El paralelismo es claro: ambos casos combinan acusaciones penales, pérdida de legitimidad internacional y una acción directa de Estados Unidos. La diferencia es el contexto actual: un mundo más fragmentado, con mayor escrutinio mediático y con América Latina observando con una mezcla de alivio, temor y cálculo político.
4. Venezuela tras la captura: vacío de poder y riesgo interno
La captura de Maduro deja a Venezuela en un escenario de altísima incertidumbre. El llamado inmediato de figuras del régimen a un “estado de conmoción nacional” y a la movilización popular revela dos cosas:
No existía un plan de sucesión sólido, y
El poder real estaba personalizado, no institucionalizado.

La Constitución venezolana establece mecanismos de sucesión, pero su aplicación en un Estado profundamente erosionado es incierta. El riesgo no es solo político, sino social y humanitario. La reacción de las Fuerzas Armadas, la cohesión (o fractura) del chavismo y la respuesta ciudadana definirán las próximas horas y días.
5. Donald Trump y la doctrina de la disuasión total
Bajo el liderazgo de Donald Trump, esta operación se inscribe en una lógica conocida: disuasión mediante demostración de poder. Trump no busca ambigüedades. Busca que el mensaje sea entendido en Caracas, pero también en La Habana, Managua y más allá.
El mensaje es regional: cuando un régimen cruza la línea y se convierte en una organización criminal transnacional, la soberanía deja de ser un escudo absoluto. Esta doctrina, guste o no, redefine los márgenes de acción en el hemisferio.

6. ¿Qué significa esto para el Perú?
Para el Perú, la lección es profunda y directa:
La institucionalidad es defensa estratégica. Países con justicia independiente, controles reales y alternancia política no se convierten en objetivos de este tipo de acciones.
El crimen organizado es un riesgo geopolítico, no solo policial. Cuando captura al Estado, atrae respuestas externas.
La reputación país importa. Inversión, financiamiento y comercio están ligados a la percepción de legalidad y gobernanza.
La política exterior debe ser profesional y prudente, basada en intereses nacionales, no en simpatías ideológicas.
Desde una mirada ODM, el desarrollo no es compatible con economías ilegales ni con Estados capturados. No hay crecimiento sostenible sin legalidad.

7. Un antes y un después
La captura de Nicolás Maduro cierra un ciclo histórico e inaugura otro lleno de interrogantes. No es el fin automático de la crisis venezolana, pero sí el fin de la impunidad personal de quien simbolizó la degradación institucional del país.
Para América Latina —y para el Perú en particular— el mensaje es contundente: la soberanía se fortalece con instituciones, no con discursos. En un mundo donde el poder se ejerce con rapidez y sin romanticismos, la única defensa real es un Estado legítimo, funcional y respetado.
Ese es el verdadero debate que deja este acontecimiento histórico.










